NAZIS, VIOLACIONES Y OMELETS DE CABELLO: LEONORA CARRINGTON, LA ÚLTIMA SURREALISTA

Max Ernst estaba casado con su segunda esposa y tenía 46 años cuando en una cena en Londres conoció a Leonora Carrington, de 22 años, era 1939 y la primera ola surrealista estaba ya consolidada.

 

Se enamoraron con ese amour fou que vibraba en sus esencias superrealistas. Él dejó a su esposa y ella renegó, desafiante, de su acaudalada familia que le había dado una vida privilegiada con estudios de arte en Londres y Florencia. La pareja se trasladó a París, directamente al corazón del círculo surrealista que incluía a Man Ray, Paul Eluard, Marcel Duchamp, Joan Miró y, por supuesto, André Breton. Todos artistas ya famosos que en el mejor de los casos le doblaban la edad.

 

Pero eran principios de 1940 y a los nazis, que habían ocupado ya Francia, el surrealismo les parecía abyecto y degenerado. Ernst fue hecho prisionero en uno de sus campos y Leonora pasó meses de dolor e incertidumbre. Sin saber si él moriría o viviría, ella dejó de comer y tomaba vomitivos con la esperanza de que las arcadas aliviaran su pena.

 

Fue su amiga Catherine quien la instó a salir del país antes de que el brazo cruel del nazismo viniera por ella. Pero el destino es irónico y es cruel, especialmente cuando el monstruo de la guerra devora el mundo. En sus memorias, Leonora escribió: “Para Catherine, los alemanes significaban violación. A mí eso no me asustaba; no le daba la menor importancia. Lo que me inspiraba pánico era pensar que eran robots, seres descerebrados y descarnados.” Pero fue justamente en ese viaje donde sufrió la desgracia de la que huía y presenció imágenes que la atormentaron toda su vida: cadáveres esparcidos por la carretera de Madrid, soldados españoles ultracatólicos que le arrancaron la ropa y la violaron en turnos. El preludio oscuro a la caída precipitosa en una demencia delirante.

 

Y es que una segunda violación se avecinaba: la mental. Paulatinamente se convenció de que Madrid era el estómago del mundo y de que ella había sido elegida para regresarle la salud a su órgano digestivo. Confesó este descubrimiento a un policía en la embajada británica y fue arrojada a un manicomio en Santander, donde era dejada amarrada a su cama, desnuda, por días y sufriendo terapia de choque.

 

Cuando sus padres se enteraron de su estado, ordenaron a su nana llevarla de vuelta, en un submarino, a Inglaterra. Pero ella no tenía intención de volver. Trepó hasta la ventana de un baño y escapó. Fue aquí donde tomó la decisión que transformaría todo lo que le había ocurrido hasta ahora: paró un taxi y pidió que la llevara a la embajada mexicana.

 

Ahí se encontró con el poeta Renato Leduc, a quien ya había conocido en Paris, y se casó con él para obtener una visa mexicana. Ya en México, aunque el matrimonio había sido por conveniencia, intentaron que funcionara. Pero él se ausentaba por días sin decirle nada. Hasta que ella comenzó a hacer lo mismo y conoció a alguien más.

 

Ese alguien fue Emerico Weisz, un fotógrafo húngaro con quien tuvo dos hijos. También conoció nuevas amigas: Remedios Varo y Kati Horna. Formaron un trío que fue descrito alguna vez por Frida Kahlo como “esas perras europeas”.

 

En México nunca dejó de pintar las mismas criaturas de las que su nana le había hablado cuando le contaba cuentos de hadas del folclor irlandés, pero ahora estas conocían a los fantasmas de los dioses y las pirámides mayas de su nuevo hogar. Al tiempo que exploraba, junto a Remedios Varo, el ocultismo, la alquimia y la cábala, también fueron sumándose a su obra elementos del budismo tibetano y símbolos de saberes olvidados y secretos.

 

A pesar de ser prácticamente desconocida en Inglaterra, Leonora Carrington fue la última surrealista viva y una gran influencia para artistas posteriores. Le gustaba cortar trozos del cabello de sus invitados y servírselos por la mañana en un omelet. Fumaba mucho y tomaba té. Toda su vida en México vivió en la misma casa de la colonia Roma. Murió hace un lustro. Pero si hoy viviera habría cumplido ya 100 años.

 

José Ernesto Alonso

José Ernesto Alonso

Le gustan los elefantes y el olor a gasolina. Melómano atascado, cinéfilo insaciable: escribe, teoriza y diseña nuevos métodos de ingeniería cultural.
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