Me casé con un comunista

“Nuestro sistema funciona porque se basa en la verdad del egoísmo humano”.

Antes de comenzar, una pequeña introducción política para después digresar en los tópicos deseados. Existen tres pilares en la política que, de un modo u otro, delinean tres ideales que equivalen a distintos modos de vida: CapitalismoSocialismo Comunismo. El primero dicta que el esfuerzo de cada persona se rige por la cantidad de dinero que puede conseguir; el esfuerzo te pertenece y tú ves por ti. El segundo pilar dicta que todos deben marchar igual. Para el socialista no existe tal cosa como la “superación personal”, por lo que lo que tú haces afecta negativa o positivamente por igual a tu prójimo. Si has leído la Utopía, de Tomas Moro, sabes que no es un sistema perfecto. Ninguno lo es. Por último el Comunismo dicta que una sola persona ve por todos. Este último modelo sistemático, históricamente criticado, es el que toma como inspiración Phillip Roth para la segunda parte de su trilogía, titulada Me casé con un comunista

Si bien Pastoral Americana la sentí como un prolongado sermón sobre la relación padre-hija, dualidad en la que el autor encerró metáforas sobre el control y la inseguridad que nos pueden rodear a todos, con su segunda novela simplemente pasa a otro plano las mismas intenciones. Lo que primero fue el amor, la restricción y la moral familiar como marco psicológico de acción, además del binomio ya mentado, Roth traduce esa misma visión a la relación Maestro-Alumno, una “relación”, digámoslo así, llevada a la realidad de una forma más práctica y digerible, pero cayendo en el mismo error de no saber conectar del todo pasado con presente. Nuevamente el protagonista es Nathan Zuckerman, que en esta ocasión se encuentra con su maestro Munrray Ringold para hablarle de su hermano Ira Ringold, a.k.a. Iron Rinn, hombre de bien que al igual que Levov en Pastoral lo consigue todo y después lo pierde. Modos más creativos de expresar la vida como aquí sucede no creo encontrar. 

La novela presenta pasaje llenos de puntual psicología que muestran los fracasos de Ira con Done, Eva, Jonn O´Day, entre otros personajes. Cada uno de ellos, a través de Ira, éste por medio de Munrray, quien gracias a Nathan, toman forma y base narrativa de un tiempo que ya fue, que pasado el tratamiento de la tristeza el túnel narrativo de Roth nos lleva directo a la nostalgia, al principio y al final. Son demasiados puentes que, sí son más claros y transparentes que la novela primaria, pero aun así parecen, muchas veces, poco enlazados. 

Ahora bien, creo que el elemento más destacado de Me casé con un comunista radica no en usar el pilar político como una literalidad expandida en la historia, sino como una alegoría de los miedos históricos, individuales y personajes que la nación vecina tiene. Es la representación del temor a otros modelos de vida lo que expresa la novela, un miedo a no ser como somos, a no tener lo que queremos y que, solamente si es popular, merece una oportunidad; si no lo es, ¿quién mejor para encarar nuestras fallas que nosotros mismos? Si no es el miedo a la sexualidad libre, es el miedo al pensamiento, a la “mente abierta”. Y ejemplos para subrayar esto Roth los ofrece en cantidad. Puede ser el momento en que Dona es rechazada por la comunidad negra, puede ser el instante en que el papá de Nathan desconfía de Iron (al menos al inicio) y lo cita para “escudriñarlo” psicológicamente, o puede ser el instante en que Eva Frame busca deshacerse de la cabaña que tanto ama Iron, espacio que para él es especial porque representa la faceta más pura de su vida, aquello que está libre de todo el “mal político” que se generó en su vida. 

Somos frágiles y estamos en constante observación, prueba y riesgo. Lo sabe Nathan, lo explica Munrray y lo vivió Ringold. No obstante, ¿vale la pena tener todo lo que el sueño americano señala, dicta o enuncia? Lo más importante es nuestra felicidad, con o sin lo que tenemos, lo que somos o a quién tenemos. Sin embargo, nunca es una máxima pensar que lo que tenemos estará con nosotros para siempre, porque si las dos primeras obras han dicho algo con claridad, es que al vida es un ir y venir, y que no importa del todo qué obtenemos, sino cómo lidiamos con ese éxito, con ese obstáculo y qué podemos hacer para seguir adelante. Tenemos constantes periodos de cambio en la vida, como Iron Rinn. Primero estudiante, novio, después locutor de radio, luego activista, luego temido por la gente por su modo de pensar (¿innato o consecuencia del ambiente?) y, finalmente, confinado a un sistema de reglas que no está del todo correcto en su juicio. 

Otro aspecto que vale la pena mencionar es el juicio metafórico que Roth emplea como vehículo mediante el personaje de Eve; esa sed y carencia personal, ese miedo a no reconocer las propias fallas y que, en su lugar, canalice su odio y coraje hacia sus seres queridos, ya fuera por un “código incorrecto de conducta” o por una falta de aceptación que comienza consigo misma, sin añadir la evidente falta de firmeza que muestra en la relación con su hija, hablan de un personaje vacío por dentro, derrumbado por ideales falsos, construido a base de expectativas y no deseos reales, claros y honestos. El perder los propios sueños en beneficio del cuidado y protección de otros no es un tema ajeno, pero aquí el autor lo aborda por medio del melodrama, de la decadencia, del olvido. Utiliza estos elementos para enfatizar lo grave que una relación -en este caso el matrimonio de Ringold con Frame- puede tornarse, convirtiéndose en un ejemplo de “Si hubiera…” y lo lleva a consecuencias políticas y sociales bastante crudas y un tanto inverosímiles por el contexto familiar en que surgen. 

 

Lo más importante después de todo, es el hincapié que Roth hace de los personajes situados en un contexto americano: critica el sistema, aparentemente perfecto respaldado por una historia sesentera, que no tiene más que ver caer a las personas que siguen sus ideales, porque puede ser que no se trate de una alabanza a una nación, sino más bien de enunciar las debilidades que acompañan a un pueblo. Si ése es el caso, Me casé con un comunista es mucho más perfilada que Pastoral Americana en su denuedo por ver cómo una nación puede caer no por la fortaleza de lo que promete, sino por la convicción con la que lo realiza. 

Iron Rinn siempre veneró a sus amores, siempre amó a su esposa, pero ésta no supo ver lo que tenía, cegada por miedo social que la reprimía subsconcientemente. Ira tuvo sus fallas, es un humano que ascendió y bajó muy deprisa, pero fue congruente con sus acciones. 

Eduardo Sotoborja Quintanilla

Eduardo Sotoborja Quintanilla

Amante de los cómics y Literato de corazón, egresado de filosofía. Considero que la Literatura y el Cine son las formas de expresión más profundas para disfrutar la vida. Me decanto por la acción, el suspense y el terror. En mis tiempos libres debrayo sobre la ética.
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