Macbeth y la ambición al límite de la locura

De las varias obras de Shakespeare que hemos comentado aquí, una o dos me han parecido muy memorables. Quizá es mi falta de “buen ojo” lo que me ha impedido ver el arte escondido entre los diálogos en el resto de su obra. Recuerdo cuando en una clase de mi carrera discutíamos la posibilidad de tomar como hecho el paradigma que la Literatura es por sí misma. Aun con los merecidos debates que eso acarreó, debo confesar que sigo viendo a Shakespeare de un modo más que digno (ése fue el debate de la clase; ¿cómo establecer un parámetro cuando la Literatura sigue presentando aportes a la sociedad?).

Con todo y las ideas que del párrafo anterior pueden surgir, pienso que Macbeth habla de un tipo de ambición distinta a la que se me dibujó en un principio. Había escuchado/leído en diversos sitios y círculos sociales que Macbeth fue dibujado psicológicamente por el dramaturgo inglés como un personaje incapaz de conformarse con su estado familiar, social y personal. Un ser “vil” capaz de escalar puestos y jerarquías sin importar qué tuviera que hacer para avanzar. Y habiendo leído la obra. Pues bien, pienso que se trata de una ambición guiada por el miedo. Probablemente su ambición lo agranda y magnifica, al punto de ser odiado y temido por otros. Y eso YA ES GRANDEZA. Pero más que la ambición, creo que Shakespeare adorna al personaje con picardía, cierta ironía y hasta una “demencialidad” rica en matices emocionales.

Pensar en esto me recuerda la escena de la merienda en la que un fantasma, producto de uno de los tantos crímenes cometidos por Macbeth, se involucra para atormentarlo únicamente a él en medio de un evento. Es la perfecta escena que muestra, con todos los matices y ángulos posibles, la reputación del protagonista en conjunto con sus demonios internos y cómo el pueblo comienza a desconfiar de su “príncipe”. A partir de ahí la lectura se vuelve más digerible y simpática pero también más transparente, y es cuando caigo en cuenta que es un personaje con una terrible inseguridad, misma que lo mantiene insaciable. Es Macbeth.

A mi pesar, una constante se mantiene en esta obra (y esperaba que fuera la excepción): el protagonista aparece poco. Esto me da la impresión de que Shakespeare prefiere construir a sus personajes a partir de su entorno, y con una agudeza económica dialéctica, que a partir de una interiorización propia, que hoy día es comúnmente utilizada. De cualquier forma, resulta un entretenimiento mucho más decente que otros y con una dosis de humor inusual. No hace falta narrar de qué va la obra, pues todos la conocemos ya.

Eduardo Sotoborja Quintanilla

Eduardo Sotoborja Quintanilla

Amante de los cómics y Literato de corazón, egresado de filosofía. Considero que la Literatura y el Cine son las formas de expresión más profundas para disfrutar la vida. Me decanto por la acción, el suspense y el terror. En mis tiempos libres debrayo sobre la ética.
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